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Letras en rojo y negro
Negro. La historia del barrio de San Luís en la Macarena es la de
una parte de la ciudad que se mueve entre “la construcción de un
sueño” y la de una pesadilla que desangra los restos de su memoria.
He estudiado, vivido y trabajado en sus calles. He visto destruir
manzanas enteras de edificios, he visto cómo millones de euros se
gastaban para tratar de dar una imagen acorde con la “ciudad de las
personas”. En esa foto no entraban determinada calaña de gentes.
La gente sólo se desgarra con la historia del fajín de Queipo de
Llano. En este barrio de artesanos cofrades con goteras en sus
carpinterías centenarias el polvo lo inunda todo. Es un polvo que no
se quita fácilmente, por más que lo limpies: es el polvo de los
entresijos del progreso: obras, derribos, camiones... y muchos
viejos solos, mucho meado de gato macho, muchos esconchones en
las paredes de iglesias, conventos, viejas fábricas... De la historia
del desalojo del Centro Social de Casas Viejas, y saltándome a
piola los tufillos retóricos setentones, me quedo con dos buenos
amigos, Curro y Santi, dos valencianos a los que ha cambiado,
irremediablemente, el flamenco, que nos han enseñado cómo las
ingentes cantidades de pasta pública que se manejan para la
promoción de la participación social es inversamente proporcional
a la cantidad de “usuarios” de los numerosos centros públicos de...
de lo que sea. Ellos, a los que no les gustaría saber que los destaco,
y mucha gente más, de muchos colores, de muchos países, de muy
diferentes niveles sociales han triunfado, aunque sea por poco
tiempo, en su batalla por hacerse un hueco en la opinión pública, al
menos lo suficientemente grande para que quepan, no los
todoterrenos en los garajes de los progres, sino la vergüenza del
abandono. Ellos, que vienen de fuera, nos cuentan nuestra Historia.
No me gustan las casas okupas, ni entiendo por qué la lucha por lo
razonable tiene que vestirse, a veces, de una estridencia musical
distorsionante y una estética tan previsible. Será porque soy un
anarquista tranquilo maniático de la limpieza. Ellos, por unos días,
como dirían las prensas conservadoras, han orquestado una
estrategia de acción que ha mantenido en vilo la vida de dos
personas que se la han, momentáneamente, jugado, hasta que la
victoria de su hazaña ha dejado de brillar cuando las primeras
páginas las han ocupado la estulticia infame de la sin razón de unos
desalmados que no tienen cojones para jugarse la vida por los
demás, ricos desagradecidos y egoístas ávidos de ajena sangre.
Roja.
Lebrija, 2008.
20, oct | sin comentarios miguelangelvargas compártelo
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