Carnavalero
Decir que hay un fuego, de altas y grandes llamas, en el que reyes, obispos y pueblo se
queman, democráticamente, como chicharrones en matanza navideña, es tal vez decir
que exagero. Contarles que hay un fraile, orondo y lirondo, que sodomiza alegre y
lascivo a una peluda cabra es quizá pasarme, por los adjetivos, digo yo. En fin, de lo
primero pueden dar cuenta en cualquiera de los cuadros y retablos de Ánimas Benditas
del Purgatorio de nuestras católicas iglesias, como el impresionante relieve de la Capilla
de las Animas de nuestra Parroquia. Abruma ver a tanto obispo y rey chamuscándose
como un tizo, y no lo digo con anarquista pasión, sino más bien como un niño grande
que juega con las cerillas y de pronto quema las enaguas de la mesa camilla. Que yo
sepa, aunque de esto sabrán mucho más que yo, lógicamente, los que la vivieron, en
Lebrija, y en otras aldeas de España, como Sevilla, por ejemplo, no hay carnavales
desde que las hordas franquistas arrasaron con el derecho universal a la risa, y desde
entonces a nadie se le ocurriría reírse del bigotazo del teniente de la Benemérita, que es
un decir. Con el tiempo, solamente hemos podido crear algo parecido al Carnaval la
noche del 31, o cuando se programa una actuación en el Teatro Juan Bernabé de los
grupos que ese año hayan ganado en el concurso del Falla. Todo esto viene porque trato
de buscar respuestas al hecho de por qué no tenemos carnavales en muchos pueblos.
Imaginemos por un momento que, en un tiempo concreto, la sátira, la parodia y que
nada haya tan sagrado que no permita ponerlo de vuelta y media, se conviertan en los
ejes de nuestra convivencia democrática. La forma de hablar de nuestros políticos y
periodistas, el cotilleo de la panadera y el morito que trabaja en la Marisma, el caos que
reina en el Ambulatorio, los nuevos proyectos urbanísticos, los centros comerciales, los
quioscos, las tascas, los bancos, los viejos, los sacristanes, los mariquitas, los sociatas,
los de la banda, los bodorrios, los pijos del pueblo, los señoritos tiesos y los nuevos
ricos y sus zapatones, el charcutero y la niña mona que trabaja en la zapatería, los
cofrades y los anarcoporretas, los municipales y los técnicos del ayuntamiento, los
paraos, los pelotas, los pringaos y los lumbreras... Totum Revolutum. No dejar títere con
cabeza, todo es risible... Como lo hacemos en los Juas, pero más. Creo que lo
necesitamos, por nuestra salud mental, como higiene pública para desinfectar los
alcantarillados del alma. A menudo pienso en la libertad con que en Estados Unidos
despellejan a sus políticos, aunque sé que hay políticos que le temen a un cómico como
a una vara verde, y por éso los boicotean, como a Boadella. Pienso en Michael Moore, y
cómo de la abusiva venta de armas a diestro y siniestro, y del inexistente sistema
universal de salud, el tío ha hecho dos documentales que nos arrancan las risas mas
corrosivas y las lagrimas mas impotentes. Hay pocos ejemplos en la España actual de
esta mezcla de cojones e inteligencia que es la vis cómica. No diré la tontería de que no
tenemos libertad pero sí diré que, muchas veces, estamos atados (autocensurados, más
bien) por un sistema en el que disentir y criticar nos congratula un destierro del reparto
del botin de subvenciones, contratos y favores. Y pienso en la luz de Cadiz, una ciudad
gobernada por el PP, que no tiene más remedio que tragarse los sapos que con arte,
gracia y salero les mandan desde las tribunas del Falla. Vayan estas letrillas en
homenaje a Andres, mi sacristán favorito, que me hacia reír como nadie en una Iglesia,
a quien he visto limpiar un Cristo mientas cantaba alguna letra de la Pantoja.
Lebrija, 2008.
20, oct | sin comentarios miguelangelvargas compártelo

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