Biodiversidad
En un futuro deberíamos poder ir de Lebrija a Sevilla en cómodísimos
cercanías, que salieran cada media hora: imaginen poder ir al cine, cenar,
montarse en el tranvía o en bicicleta y arrasar en el Zara Tara, sin tener que
coger el maldito coche. En un futuro, lejano, según se ve, podremos tener
una autopista liberada que nos alcanzará Serva la Barí en media hora sin
tener que sangrarnos cinco euros y pico. Tenemos condición de frontera,
entre Sevilla y Cádiz, a la mitad del camino de la vía del tren, entre la
campiña y la Marisma, y éso nos da a veces una perspectiva sesgada de
nuestra convivencia, como si fuéramos privilegiados contra los otros,
quienes quieran que sea los otros. Es difícil acertar en la vida diaria, sobre
todo si nuestras decisiones afectarán a otros o tendrán que tener en cuenta a
los otros, pero para mi que la riqueza de nuestro pueblo aumentará cuando
mejoren nuestra comunicación real con los pueblos de alrededor. Entender
que apenas conocemos Las Cabezas, que hay mucha gente que nunca ha
pisado Arcos, que no han visto el río por Trebujena ni saben que frente a la
parte lebrijana del río están Villafranco y la Puebla del Río, es tan triste
como saber que hay mucha gente que todavía no ha pisado el Teatro Juan
Bernabé para ver un espectáculo. Casi siempre, hacer patria es afirmarse
contra los otros, echar pestes, cargar la culpa a los otros. Pasa lo mismo con
la identidad, la de los partidos políticos, las hermandades, los equipos de
fútbol, las marcas de las ropas. Somos así no porque queramos
diferenciarnos de los otros sino porque consideramos que lo nuestro es lo
mejor, y lo de ellos no. Si no somos agresivos nos comen por sopa, si no
somos granujas nos tomarán por tontos y si no damos la primera hostia,
podremos perder la pelea. El hijo pródigo que va y viene, el que vive
eventualmente fuera, sabe que lo bueno es tener lo mejor de los dos lados, o
de más lados, según sea donde tenga colocadas las perchas de sus conejos.
Lo mejor de los pueblos: la confianza de la gente, los precios y la calidad de
los productos básicos, el silencio de las noches, las distancias. Lo mejor de
las urbes: la variedad y la sorpresa de las ofertas. ¿Lo peor? Cada uno según
su experiencia. Normalmente me da un poco de risa floja lo mal que se lleva
el personal cuando de entre las casas de uno y otro no media un tiro de
piedra e, indudablemente, me la trae al pairo que mi vecino sea todo lo
opuesto a mi, siempre que ayudemos a mantener limpio el trozo de acera
que compartimos. Al final, todo pasa por ahí: limar las asperezas de las
astillas, poner rampas para evitar los escalones, barrer juntos las aceras,
compartir la responsabilidad de los problemas, no esperar de los otros más
que lo que uno esté dispuesto a perder, cuidar las plantas y recoger la mierda
de los perros. Entiendo la biodiversidad lebrijana como la variedad de que
deberíamos ser conscientes albergamos en nuestras relaciones con nosotros
mismos y con nuestro entorno. Imagen: escucho los gemíos de Bastián
Bacán mientras a través de la ventana un armajo se mueve al son del viento
solano. En lontananza, un mercante arrecia hasta Sevilla entre los
eucaliptos. El tren por la Marisma, por la costa del Licustinus.
Lebrija, 2008.
20, oct | sin comentarios miguelangelvargas compártelo

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