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La Coctelera

miguelangelvargas

3 Noviembre 2008

El camino

Lleno de piedras sueltas y baches incomprensibles, la radio obedeciendo insomne al reproducir con cortes las canciones del cd, el camino presentaba varias curvas a la vista. El caminante había errado en la trayectoria. Se paró en un ventorrillo y perdió jugando al mujero. Al salir de la venta con los fondillos de los pantalones vacíos, el camino había sido sustituido por un cruce. Escogió el que presentaba una barrera y una casetilla donde cobraban el peaje del camino autopista. Aquí sí que sonaba bien la música, pues el camino había sido alquitranado y era mullidito para las ruedas. La comodidad del paisaje lo transformó en pensativo, y se vio como un intruso en su propio sueño. Ultimamente había tenido una vida llena de emociones, alguien le había dicho que le brillaban los ojos y pensó que eso era como un pasaporte o una tarjeta de crédito limpios. Por eso, y por la propia consciencia de saberse finito en su energía festiva, disfrutaba lo que le venía, como un helado o una loncha de jamón recién cortada. Es decir, circulaba por una autopista sin destino fijado y hacía memoria de sus últimas noches con sus días... La copla le susurraba: tú en una piera y yo en otra, y cuéntame tus alegrías, que las mías son mu pocas... ¿Debería entonces haber escogido el camino de los terrones? ¿O quizá el otro que tenía las huellas de los tractores? Era tarde para enmendarse, la próxima salida no se presentaba hasta dentro de unos 30 kilómetros, lo justo para el primer aviso del diesel. Estaba viviendo un sueño y estaba soñando una vida: un día, las cosas se pondrían de forma que le obligarían a recoger la que pudiera, casi lo puesto, y echarse al monte, al camino, sin un destino prefijado, buscando, seguro, la redención a tantos fracasos en la vida. Lo decía triste pero convencido que, en estos momentos, es como decir que se está contento: no sé dónde ir, no sé si mirar atrás, no sé caminar sin ti... Lo cantaba como lo había escuchado, y al sentimiento de pérdida se le sumaban el de sentirse un poco pelele en manos de un titiritero. Soy una víctima responsable de mi perdición, lo escribo y lo firmo... A lo mejor la gente piensa que estoy loco, ligero de cascos. Así pensaba cuando los azules carteles anunciaban la salida en dos kilómetros. ¿Qué hacer, Dios mío, qué hacer? Se repetía esa frase de no sé qué santo de no hacer mudanza en tiempos de desolación, pero en ese momento no le entraba. La carretera y sus sonidos en las ruedas, le enseñaban los cambios graduales hasta el otro lado, del alquitrán a los baches, de estos a los terrones y de pronto, todo se paró: el coche, la radio enmudecieron frente al horizonte. “Sólo para locos”, rezaba el cartel. Y allí, se vió de nuevo, con el babi, los mocos, la maletita de cuero, en la fila de su clase de la Caridad, esperando poder escaparse luego a la casa de la abuela Micaela, que le ponía huevos fritos con volantes... Quién pudiera.

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