Panorama
Se monta uno en el coche, cierra por dentro, cinturón, lo pones en marcha, en la radio cuelas un cd de música para evadirte, breve vistazo a la posición de los espejos, y te diriges a tu centro comercial favorito. Unos veintes semáforos después, varios insultos con media boca abierta, no sea que se enteren de verdad, entras al parking, retiras el ticket, y ahí mismo, en el sector B9 lo dejas dentro del marco blanco pintado en el suelo. Al salir con cuidado para no golpear con tu puerta al otro coche, pliegas el espejo izquierdo, te sacudes de dos palmadas el polvillo en las manos. Camino a la segunda planta, escaleras mecánicas, arrostrado a la derecha, dejando libre el paso a los que llevan prisas. No dejas que tus ojos descansen en los fast foods de la primera planta, y continuas danzando al son de la música que suelta el hilo musical, y que se compenetra con el subir y bajar del ascensor, clin clan cada vez que sus puertas se abren. Segunda planta, tiendas de ropas, marcas de la tele y revistas de hombres preocupados por su aspecto. En el escaparate de la tienda esbeltos y repeinados maniquíes lucen los modelos de la siguiente temporada en un decorado sobre el que pesa una orden de búsqueda. Pantalones, camisas, jerseys, calzoncillos, chaquetas, bufandas, calcetines, zapatos, camisetas. Eliges con sumo cuidado un par de pantalones, una camisa blanca, un jersey y una chaqueta, y en el probador, desechas lo que no se ajusta a un patrón de comodidad, puntito de empaque y que te quede bien. En la cola de la caja, con las compras en una mano, repasas mentalmente los últimos movimientos de las tarjetas de crédito y débito para decidir a cuál cargar el importe. Eficaces las manos de los hermosos ojos que te atienden. Sales de la tienda haciendo involuntaria publicidad de la marca. Dos plantas más abajo parloteas con la máquina del parking acerca del movimiento de los planetas y te canjea el ticket por una papeleta para el sorteo de una lavadora. Deshaces lo hecho en el aparcamiento, sólo que ahora el interior del coche rezuma un olor a ropa nueva, Louis Armstrong te dice que en alguna parte, por encima del arco iris y de los sueños que soñaste en una nana... Siguiente tema, please. Fuera del centro comercial, los faros de los coches indican que está anocheciendo, y tú obedeces el impulso. GPS mental, dirección casa, con varias vueltas a la manzana para aparcar. Estacionado el coche, con previsión de no hacerlo en una zona de carga y descarga, residentes autorizados o zona azul, pliegas los dos espejitos y de nuevo te sacudes el polvo en las manos con dos palmas. En casa, tu perro te nota algo cambiado aunque su cola demuestra que sigues siendo el mismo. Sacas las ropas nuevas de la bolsa, las esparces sobre la cama, te duchas, te afeitas, y enfundas el nuevo material. peinas tus ralos pelos con respecto a tus posibilidades y te sientas frente al televisor. Pero no lo enciendes, hay silencio en la casa. El perro lame un hueso de pollo falso. Casi lo he conseguido, y casi lloras de alegría: escribir sin hablar de la crisis. Mierda de tiempo.

Jaime dijo
Veo conmocionado que te estás volviendo marxista, o al menos materialista cultural, no caigas en la panacea periodística de la CRISIS, que la vida misma es crisis, encrucijada, que los cuartos siempre faltan, como dijo el poeta...
28 Octubre 2008 | 11:46 PM