Bailaré sobre tu tumba
¿Qué tienes pensado ponerte para ir a ver el fin del mundo? ¿Cómo? ¿Ese traje? Hace tres telediarios y siete bicicletas robadas que deberías haber renovado tu apariencia de cateto. De un tiempo a esta parte, me asalta una voluntad corrosiva de muerte, vista la latente falta de huevos de políticos y banqueros de acabar con el mundo como lo conocemos. Para mí está claro: nos meten miedo para que nos hagamos cargo nosotros del caos que han creado estos cabrones. Pero como quiero ser buen ciudadano, enmendarme de mi orgullo ruinoso y hacer algo realmente práctico, he decidido asumir que el mundo se va al carajo y que es mejor prepararse para un evento que, honestamente, no tiene precio. Los curas y adeptos llevan siglos esperando el fin del mundo, y en éso basan su negocio, los cobardes. No es un secreto pero lo aceptamos como un mal inevitable, como un resfriado en temporada. Las trompetas del Apocalipsis siguen moviendo la vida económica de los bares cofrades y en la ciudad de los puentes sobre el Charcoquivir, los flamencos trasnochan al margen de la debacle. ¿Seremos capaces de narrar el fin del mundo sin que parezca una peli americana? Al carajo los trajes horteras de las bodas españolas, iré desnudo, con un pañuelo de colores, amaré a quien me dé la gana y llevaré vino de Lebrija, para hacer patria y publicidad. ¿Cuál es el buen sitio para contemplar el fin del mundo? Hecha la pregunta a mis contactos del messenger, en directo, en toítas partes del mundo, hay disparidad: unos sueñan tríos amorosos, y no tanto, en camas secretas; otros, los menos, rezarán mientras esperan al amor. Yo me iría a la playa con mis sobrinos y mis amores, y que allí nos coja la noticia mientras nos jamelamos una sandía, hacemos un castillo de arena y nos ponemos a cantar las cosas del Diego Carrasco. Ya sé que no suena tan golfo como se esperaría. Nada de orgías como las de la tele del Penki, ni drogas a diestro y siniestro como en las noches de los jipis de bolsillo lleno. Bah, eso sería previsible. ¿Qué harías si te dijeran que el mundo, tal como nos lo han contado, se fuera al garete? Más vale que tengas una buena respuesta, original, personal... Quizá muchos optarían por el silencio, que es más inteligente, no contar nada y hacerlo luego a la chita callando. A otros, le entraría el avenate violento y saquearían los cajeros y tiendas de ropas. ¿Para qué? ¿Para hacerte un traje de billetes de 500 euros? Tú eres tonto, chaval, y ni porque se acabe el mundo, y el lenguaje, dejarás de serlo. ¿Y luego qué hacemos? Una vez se acabe el vino, el queso y el pan de Santa Luisa, compartamos las últimas pucheras en los pisos que no pagaremos; una vez se queden en las cunetas los todoterrenos con la Virgen del Rocío en el retrovisor, por falta de petróleo, caminaré de tu mano, amor, hasta donde nos lleve la sed y el hambre, donde podamos ser solamente un hombre y una mujer que comen, leen, hablan, cantan, ríen y hacen el amor. “Ensayo sobre la ceguera”. José Saramago. Suerte en la huida, por si no les vuelvo a ver.
