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La Coctelera

miguelangelvargas

2 Octubre 2008

Boom

Primeros pasos: el dibujo sobre el plano. Se toman imágenes satélites de la zona, se recala información in situ, a través de espías, de la situación del objeto de la acción. No es necesario, desde hace tiempo, el cuerpo a cuerpo, el contacto físico con el enemigo. ¿Pa qué? Tanta concupiscencia e intercambio de fluidos sólo trae contagio de enfermedades. Nada, una simple llamada de móvil, con una foto que la acompañe, puede desencadenar los acontecimientos. ¿Viene antes el deseo o la necesidad? Es decir: ¿queremos ocupar, con todo lo que ello implica, o tenemos necesidad de expansión porque no cabemos más? Será más bien que a través del deseo creamos la necesidad, como en la guerra del amor. Segundo paso: la amenaza. Cuidadín, que viene el coco, con los bulldozers, y demás cosas que hacen pupita, con la premisa clara de que no amenaza quien quiere sino quien puede. Así que ni caso a los que consiguieron su poder por oposición, o por recomendación, y mucho menos a los que llevan zapatos grandes, financian equipos de fútbol y llevan coches que no pegan con el color de sus pantalones. Una vez acojonados y achantados los moradores originales, con insultos a su patria y símbolos intocables, se establece un plazo, un ultimatum, un día “H”... para que al personal se le enjute el bú. Rueda de prensa que te crió, ponerse delante de la ONU y decir cuatro verdades del barquero y trescientas mentiras de taxista, y espetar: por el bien de la Humanidad y el futuro, esta invasión es supernecesaria... Ah, y no tiene marcha atrás. La invasión es lo más fácil, sabemos que hay cientos de empresas que se dedican profesionalmente a la destrucción por encargo. No se imaginan lo que un garrulo sin conciencia pudiera hacer en El Escorial armado con un martillo y un cincel, y un contrato de 8 a 6, a 50 euros diarios. Describir una guerra es un coñazo que se lo dejo a las ong’s que, pacientemente, nos recuerdan por email lo malo que es perder derechos y tó la pesca. Ni caso, que luego vienen los mariconeos y no acabamos el trabajo. Bombazos como si fueran rebajas, llamarazos como aprendices de Torquemada y que no quede ni rastro de la Historia, que ahora viene la parte más interesante del asunto: la reconstrucción. Esos pisitos con vistas al arroyo a 150,000 euritos, esos dúplex, esas galerías comerciales, nuevas aceras, farolas, alquitranados... ¿Qué miedo tienen los débiles a la guerra si luego queda todo más bonito, más nuevo, más arregladito? Y da trabajo a todo el mundo: a los fotógrafos, a los poetillas, a los camareros que sirven en el cocktail de la victoria. ¿Quién no tiene un familiar o un amigo guerrero? ¿Quién puede decir a boca llena que no se ha beneficiado de la guerra? Ay, lo que son las cosas... ¿Hemos gastado demasiado dinero en la guerra, de forma que ya no hay más para seguir peleando? Nada, que faltan más visionarios, más fiestas, más drogas para quitarles a la gentes las ganas de aburrirse leyendo o viendo películas. (Que quede claro que hablo de ladrillos, escayolistas, constructores, promotores, diseñadores, fontaneros, electricistas y demás guerreros de la economía española).

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