Ida y vuelta
Y dígame, seor Almirante, ¿hay también lumiascas allá en el Nuevo Mundo? Cristobita se había vuelto a quedar traspuesto en la banqueta de la posada, apoyado en la jarra de vino que hedía mosquitos y ardores. No hay quien pueda dormir en esta ciudad cuando aprietan las calores. Había encontrado en el caldo el remedio casero al sopor: dormir borracho le garantizaba horas necesarias de sueño con que matar la espera. Había perdido la cuenta de los días que llevaba en Sevilla. ¡Don Cristóbal, Almirante! Hablaba un castellano rarito, mezclando el portugués con el italiano, y aunque los lamparones perfilaban los pliegues de su camisola, su porte acompañaba al pasado que una y otra vez refería, entre vaso y vaso. ¡Vaya papa que lleva Don Cristóbal!... ¡Yo fui Virrey, yo tengo derechos que me fueron arrebatados..! ¡Déjeme pasar, que tengo pendiente una reunión con el gobernador de la Casa de la Contratación! Cada día, de lunes a sábado, se arrostraba en la puerta del caserón que almacenaba los papeles de los negocios de las Indias Occidentales para despotricar contra los que ahora manejaban el cotarro. Los sábados, que no currelaban los funcionarios, se apalancaba en la puerta de la Macarena esperando el correo real de Madrid, por si hubiera alguna respuesta a las demandas hechas al rey y los domingos, día del Señor y los señores, después de repetir varias veces en la cola de la hostia consagrada en las diferentes capillas de la Santa Catedral de Sevilla, para mitigar la pelusa, se consolaba en el Arenal, viendo las barquitas que cruzaban hasta Triana. Resumen de vida: cuatro viajes a las Indias y ahora más piojos que un perro callejero. En esta su última noche en la Nova Roma, celebraba que al fin había podido conseguir un transporte para subir a la corte a ver a su hijo. Bebía oscuramente porque los cabrones le habían conseguido una mula en la que había traído el cuerpo de un obispo muerto. Ser extranjero en esta ciudad traidora tiene el precio del desprecio cuando dejas de ser el guiri gracioso o el magnate de la pasta. Luego, en el siguiente escalón de bajada, te puedes encontrar a Cristóbal Colón calle Sierpes abajo dirección a la laguna de los álamos, con la desesperación dibujada debajo de los ojos. En esta ciudad de paredes de plata y cimientos de barro sólo hay sitio para las glorias muertas o teatreras, mientras diviertan... Que sí, que sí, don Cristóbal, lo que voacé quiera o lo que voacé diga, pero no se me ponga delante del puesto que me espanta a la clientela y hay mucha tensión que aliviar en estos tiempos de crisis. Que yo le tengo mucho aprecio, pero mi rey, mi jayán, me ha limitado el crédito a su persona y si no hay material argénteo por medio va a tener vuencencia que liberarse solo las preocupaciones. Allá se le veía caminar por entre las gradas de la Catedral farfullando en genovese, con la capa arrastrando y
