El Hierofante
Vivimos un mundo extremo y desesperado que normalmente no nos satisface, sin miedo a que nos llamen quejicas por decir que lo que tenemos, o no tenemos, no colma nuestra sed ni calma nuestra ansia. Para los que no nos dejamos en manos de salvadores el panorama es bastante diferente al de aquellos que, como decía el anuncio, asumen sus contradicciones. Somos un cúmulo de abandonos que lastra en nuestro florecer de forma que, por un motivo u otro, o por todos, llegado el momento y sin saber por qué, todo se va al traste y no encontramos explicación. Hace unos años descubrí a Mircea Eliade, un historiador de las religiones, que planteaba la visión de los pueblos desde la perspectiva de los que tenían Historia y los pueblos no históricos. Los segundos vivían una suerte de vida armónica en que todo tenía un sentido porque, básicamente, todo consistía en repetir la vida de los dioses, no hay urgencia, no hay deseo de cruzar el más allá, todo es aquí y ahora, y siempre es nuevo, y lo muerto trae vida consigo. Los otros, los pueblos históricos, podríamos leer “occidentales”, arrastramos el peso de nuestra identidad forjada en la fragua de la Historia y sentimos el desasosiego perpetuo de que a pesar de conocer nuestro pasado no nos sirve para aventurar nuestro futuro. Paul Gauguin, intentó, sin fortuna, liberarse de esta cadena intentado ser un hombre salvaje que no supiera leer, que no supiera de Dios ni antidioses… Fantasía burguesa. Últimamente, sin embargo, se ha abierto ante mí un nuevo camino antes mis ojos. Quizá ya estaba ahí pero no supe o no quise entrar en él, por miedo a que quitara seriedad a mis razonamientos. Me refiero al mundo sincero de las intuiciones. He llegado a la conclusión, sin que sea tomado como axioma ni como la “vocecilla interior” que llevó a Sócrates al Vodka con cicuta, de que las intuiciones son un razonamiento más rápido que se nos ha dado y que pertenece a ese mundo que solapamos con nuestras obligaciones. Decimos que el cuerpo habla cuando es la cabeza realmente la que manda la señal; no nos fiamos de algo y no sabemos por qué… A veces, nos traiciona, pero para mí es porque interviene, intentado controlarlo, nuestro lado histórico, occidental. Hablo de esas pequeñas intervenciones que hacemos en la vida diaria llevados por un sentido común basado en un pequeño vértigo y en una profunda satisfacción cuando comprobamos que sí, que funciona, que no es magia, que es la vida que ocultamos bajo las ropas… Sean fieles a sí mismos, a nadie más. Escuchen al mago que todos llevamos dentro. “El mito del eterno retorno”, Mircea Eliade.
