Garatero
Puede llegar un siroco y barrer los restos del naufragio. Las piezas del venturoso galeón esparcidas como si fueran el juguete roto de un niño. Puede llegar una lluvia de verano y arrastrar con los pilares de tu casa y verte en la calle con lo puesto y el móvil en la mano, buscando al perito del seguro. De nada sirvieron los esfuerzos por hacerte un hombre de bien, hermano. Víboras y espumas que salgan de tu boca tendrán más efecto que la cordura. Saca el hacha de guerra que se avecina el décimo de caballería y toca defender el terreno. Hombre blanco, hombre indio. De hombre currito a entrampado, de aquí a ruina, que ni salir puedas, de tantas trampas chicas. De la ruina viene el agobio y la desesperación: ¿quién se atreve a decir que tiene la salvación...? Aquel castillo que tantas muertes infringió, hoy se defiende, valiente, desangrando sus murallas pequeñas piedras y arenillas, y sus paredes llenas del hollín de las candelas, como escenario de una actividad cultural veraniega. Como aqueste Mercado de Triana, otrora Castillo de San Jorge, donde pueden servirte un kilo de orejas de marrano, un cuarto de muslo de sarasa y la mitad del cuarto de callo real. La mulé va y viene, como el Guadiana. ¿Quién se compraría un pisito donde antes hubo una prisión? Conozco el caso de una prisión real que con el tiempo devino en cárcel bancaria, rodeada de puestos de marcas. Mal Feng Shui te entre en tu casa, constructor. Con la que está cayendo y a los unos y a los otros, sólo se les ocurre batirse entre ellos para repartir los papeles del drama de fin de curso. Será la Naturaleza la que nos ponga en nuestro sitio, y no necesitamos ser Al Gore para afirmarlo, tenemos suficientes recursos para intuirlo. Volarán las facturas de la luz y el aviso de Emasesa, las obras completas de Shakespeare y Fernando Pessoa; las riadas se llevaran tu coche, el jarrón de porcelana y las flores de tu jardín; la vida se apagará como una tele de plasma. Oscuro. Black out. Rien. Y en el silencio de la nada, se proyectará una película en súper 8. Hay una brisa fría y una luz de mañana invernal, en una playa del Puerto, paseas descalzo por la orilla. Qué raro, la playa está llena de basura. Acércate y mira bien... Una bicicleta akimoto, y otra rosa, libros (Nada, de Carmen Laforet, El llano en llamas, de Juan Rulfo). ¿Quiénes son esas gentes sentadas que me miran cabizbajos...? Hay un guardia de seguridad con un tubo de cartón: un original de Otto Pankok. Hostias, mis botas tanke. Un remolino de papeles bordea la orilla. Tickets de la compra, viajes; servilletas con anotaciones y listas de proyectos abandonados... En el aire de la mar puedo leer, en los renglones de las nubes, los cientos de mensajes de móvil que fueron... Me siento y miro todo aquel espectáculo. Cierto, el mar devuelve todo aquello que le arrojas y pierdes. Y anhelamos que al final de estos naufragios los mares nos devuelvan parte de las cosas que perdimos. Solo espero poder sentarme mirando el mar, tener tu mano con la mía y mirarte a los ojos. Y ahora venga lo que viniere, que yo me siento fuerte para aguantar el oleaje.
