Ruina
Dale que dale. Que ya no apuraba el afeitado, apuraba las maquinillas hasta que la cuchilla sonaba como una matraca al deslizarse por el carrillo oreja abajo. Dietario del día: ordenar las facturas impagadas por orden de gravedad, mirar en los bolsillos de las chaquetas por si hubiera alguna monedilla suelta... ¿Habrá cotizado lo suficiente para pedir de nuevo el paro? Lo de la ropa era harina de otro costal, de un costal viejo, quiero decir. Arte para lucir el agujero en el pantalón como un toque de buscada dejadez. Más trabajo, sin embargo, costaba ocultar los puños gastados de las camisas. Tendrá que visitar de nuevo el Lefties y pegarle un sablazo a la VISA. Pulimento de los zapatos, la arruga es bella, en la piel brillante de los mocasines... Menos mal que es de mal gusto ir vestido de excesivamente nuevo. Ay, Dios mío de mi alma, ¿cuándo voy cambiar? En la cola de la administración de lotería nadie se mira a los ojos, y si lo hacen, es para echarse maldiciones... ¿Estaré haciendo bien al emplear este euro en una apuesta de la bonoloto? No tiene nada, caballero. Sus muertos. Clavos ardiendo: camarero en un tablao flamenco (¿cuánto cobra un cantaor? Tanto. ¿Y un camarero? Tanto más. Vámonos que nos vamos, a poner copas y platos); hacer de Papá Noel fluorescente en el Carrefour de Huelva, bien oculto tras la barba picante; hacer encuestas sobre riqueza para el Banco de España; hacer de marinero de Colón en una fiesta para los socios de Mater Card. La cosa está mala, la cosa se va a poner fea, veremos hasta cuándo podremos aguantar. Los cráneos previlegiados no supieron vaticinar los signos en el 29. Estaban todos tan enfrascados en sus enfrentamientos ideológicos que nadie reparaba que no había juldores en el cajón de la alacena. No es un secreto, cada vez que una cuenta se queda en colorao, como los garbanzos, el banco se apropia de lo suyo: dieciocho euros por la jeró, al menos. Mangantes, con corbata. Hijo, come más. Gracias, señora, es que como poquito. Pa sus adentros: vive en la ruina continua desde hace años y ha aprendido a controlar la boquiné, para así necesitar menos. Previsión de ingresos: éste, al banco: éste, a la luz, al agua y la letra del coche...¿Hay algo de lo mío?. Ay, Carpanta, qué mal te veo. Se consuela al pensar que por la calles de Serva la barí caminaban tiesos, en su momento, un Colón rumiante en busca de patrocinador de su próxima regata, o un Cervantes, a la espera de un futuro mejor en América. En fin, se sentó en su mesa favorita del Laredo, colocó el elegante sombrero raído en la otra silla, sacó la Moleskin y el bolígrafo. ¿Qué le sirvo, caballero? Pensó de memoria en cuánto tenía en la cartera, cerró los ojos, que sea lo que Dios quiera: café con leche y media de york y mantequilla. En la paginita en blanco puso en orden y en claro los buenos propósitos de su vida y dio gracias a los hados del cielo por hacerle esta pruebas de resistencia. A través de la ventana a la plaza San Francisco, la Giralda le sonríe con sorna. Qué cabrona, qué sabia.

Manu dijo
A quien se le ocurre ir al Laredo si se está de economía de guerra. Ains... ésta juventud...
3 Junio 2008 | 01:57 PM