A menudo me encuentro hablando más de lo que quisiera del mundo de las cofradías de las que tengo una visión exterior, americana o noruega, habida cuenta de mi actitud de guiri invisible y tranquilo. Hay días que entre los delirios de los excesos capillitas encuentro verdaderas creaciones surrealistas imposibles, con las que, dependiendo de la ingesta y la calidad de lo ingerido, participo, me abstengo, insulto o polemizo. Sevilla, ciudad tan excesiva como previsible, está llena de bares con los muros repletos de Cristos, Vírgenes, altares, Rocíos y carretas que crean este ambiente tan propicio al desenfreno normalizado, permitido, castizo y moral. Así la capital, así los pueblos, aunque sea poco a poco. La moral de los tragapanes y mendrugos. Estirado decoro de los catetos repeinados con camisas de cuello duro, el sentido musical de las sevillanas más recalcitrantes, los tintes rubios de las morenas, la nueva triada mediterránea – cigarrito, güisqui y barullo. Cosmogonía de los nuevos mayetos urbanos. No los estoy poniendo en solfa, me encantan que sean así de anormales porque luego quedo bien cuando hago de anfitrión con mis guiris y, farfullando en lenguas diversas, me esfuerzo en contarles qué carajo es una hermandad y tal y cual… Cumplen su función, claro, y hasta la llegada de los internautas eran la única sociedad civil organizada que funcionaba por estos lares. De hecho, por su persistencia y presencia en la vida pública, podríase pensar que han sustituido a los partidos políticos, sobre todo si pensamos que la semanasantación abusiva y masiva de la vida andaluza vino con la democracia, y no tanto con Franco. Y podríamos pensar incluso que amplias capas de la sociedad mejoraron sus conocimientos y percepciones estéticas a través del conglomerado ideológico de las hermandades: conciertos de bandas de cornetas; restauraciones de tallas históricas, composiciones literarias, por citar algunas perlas… todo alrededor del meollo capillero. Es más, a qué negarlo, los mamones mueven un montón de pasta, en A y en B, y eso calla muchas bocas, incluso las más recalcitrantemente ateas y libertarias. Hoy día, la religión no es el opio del pueblo, como dijo el Gran Primo Marx: el opio adormece y obnubila. La religión, a día de hoy, es la coca del pueblo: les reactiva, le vuelve hipersensibles y eufóricos. Veremos los efectos futuros de tamaño enganche.