El Gililea.
Cuando era más imberbe de lo que sigo siendo ahora, y mi sed de aventuras tenía un listón bastante más alcanzable, tenía maestros de lecturas. Cada uno, a su manera y en su momento, me dio libros a leer, y una vez leídos se comentaban y me daban otro más para saciar mi sed de niño repelente. Estos encuentros están unidos a eternas charlas, frugales comidas, un simple café o un espartano vaso de agua. Amén de devorar libros, también hacía lo propio con revistas y papeles: la colección de Primer Acto del Teatro Estudio Lebrijano me sirvió para impregnarme de polvo y humedad y de una melancolía por un tiempo que no me pertenecía y que me llenó de conceptos como “compromiso”, “formas populares” e “independiente”. La verdad es que estos tíos estaban al loro de lo que ocurría por ahí fuera. Una vez me encontré con una agenda de teléfonos de Juan Bernabé y pude ver los nombre de los que todavía siguen siendo dinosaurios de la escena teatral española. Para que los recuerdos no se queden en la nota nostálgica los contrastaré con la imagen que tengo de las manifestaciones por la autonomía que discurrían Corredera abajo mientras enfilaba mi churrita regando el árbol frente a la tienda de mi opá. Me daba jindama llegar al fondo de la tienda desde que me comí un tomate envenenado colocado como manjar contrario para las ratas. Si es que siempre he estado por poquito... Me gusta las acumulaciones ordenadas, con cualquier orden: los huevos fritos que mi abuela Micaela, con su volante alrededor, me endiñaba cuando de la Caridad me iba solo a su casa; los eternos paseos que me daba en mis rabonas escolares con mi bicicleta por los campos lebrijanos; las rutas secretas que me inventaba en la Parroquia cuando Andrés, el sacristán me dejaba las llaves aquellas veces en que decidía que eran mucho más interesantes sus historias que las clases de Física y Química; el tío de la cabra, con la cabra, que se apostaba en la esquina de Currillo Jarana los domingos por la mañana; el descubrimiento del timo en la historia de los diecisiete caballeros repobladores de la Lebrija mora (serán hijos de puta, llamar “repoblación” a la ocupación después de pasar a cuchillo a todo cristo para quedarse con las tierras rompiendo todos los acuerdos que, también, les llenaban de dineros); Ana Carrasco, la rubia, que en Barcelona me informa de la exposición Un teatre senza teatre (Un teatro sin teatro, claro) en la que junto a videos interesantes –me da mucha pereza ver videoarte, para eso me quedo en casa viendo vídeos de Youtube-, vídeos como el del entierro de Durruti, la comitiva por las Ramblas, pude ver carteles, fotos y recortes de prensa de Oratorio; vayan a verlo si quieren y pueden, que estará hasta septiembre y, de paso, visitan a los lebrijanos que viven en la ciudad condal; las noches amando bajo la hornacina que estaba en la Cuesta del Guineo, hoy hay una estúpida y horrible puerta de cochera: ¿a quién le damos el premio al mal gusto?; los palos, no la obra de la Cuadra, los palos a mansalva de uno de mis maestros, despeinada la calva y cabellera en ensaimada, palos, patadas, hostias en definitiva, arriconaíto el niño contra la pared y el mueble biblioteca por haber hecho alguna travesura. Soy de la primera generación democrática en colegios públicos, los primeros que aprendimos a leer recitando a Lorca y Machado, saliendo cada semana de excursión, pero también tuve algunos profesores de la vieja escuela, los de hostias y abucharamiento público. Mansalva: descubrí e imaginé, ya saben, que viene del portugués: mao salva, mano libre, la misma con la que estos niños enseñados a hostias muestran, hoy día, un dedo firme en su corte de mangas a aquellos que le enderezaron el camino de la vida: hoy son buenos trabajadores y padres, imagino... El Señor de las Moscas, de William Golding. Léanlo, urge. Valgan estas líneas inconexas y libres como homenaje a mis maestros de lecturas, cada uno de su padre y de su madre: Luís Gutiérrez, Antonio Caro, Francisco Muñoz Cura Paco, Nena Bernal, María José García... y algunos más.

Juanjo dijo
Ay, amigo, estoy releyendo mi infancia en la tuya... ¿Qué me dices del "Campo, campo, campo, entre los olivos, los cortijos blancos"; los paseos con José Manuel Truyo, sin el Don; las charlas con María José y al carajo los recreos?
Te debo la primera copa de vino que probé en mi vida (en la fiesta de COU), que te voy pagando poco a poco con toda mi admiración.
Un abrazo, Migue.
El Juaho.
26 Mayo 2008 | 07:26 PM