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La Coctelera

miguelangelvargas

5 Mayo 2008

Mirar atrás

En un espejo que colgaba oblicuo sobre la pared y bajo las macetas se vio reflejado, ausente en el ruido que la fiesta creaba. La imagen del espejo mostraba una danza de hormigas en remolino, entregadas al frenesí del cascabeleo de los panderos y el tilán tilán del almirez. El ritmo, insistente, atrae, une y, finalmente, arrastra. Había recordado la obsesión de Jean Cocteau por el mito de Orfeo y le dio vergüenza ser inoportuno en su ensimismamiento, así que agarró el botijo que le ofrecían, libó el vino para matar los pensamientos y se entregó a bailar por corraleras con los ojos, pues el cuerpo no era más que el esqueleto que llevaba la americana, la camisa y el pantalón. Orfeo, hijo de un rey y de una musa, artista espiritual de la lira, temeroso por tanto de entregarse al temblor que provocan los pellejos estirados. Se enamoró de Eurídice, guapa y comedida... A la muerta de ésta por una mordedura de serpiente, huyendo de las garras de un abuso, bajó a los Infiernos y con su canto conmovió a todos, y pudo recuperarla a cambio de una única condición: que en el camino de ascenso a la Tierra, no mirara atrás, con riesgo de perderla para siempre... Los mitos, como la Historia y los Amores, necesitan precisas palabras para contarlos, porque si los explicas pierden parte de su efectividad... ¿Para qué explicar un poema si se puede compartir? ¿Para qué tener un archivo de flamenco si no podemos entrar en el compás de la siguiriya? En su actualización del mito de Orfeo, Cocteau se valió de los espejos como metáfora de la frontera entre el Averno y la vida en la Tierra. Bien visto, una cámara, fotográfica o de video, es un espejo que refleja una imagen, en la que podemos reconocernos, como también alejarnos asustados de creer que esas muecas y cuerpos poseídos por la desvergüenza somos nosotros. De esta forma, puedo entender el miedo que nos asalta a mirar atrás como el temor a reconocernos en una imagen que no se corresponde con la que tenemos de nosotros mismos. Me voy a casa, ya he visto bastante, estoy cansado, ya he hecho suficientemente el ganso. Decimos ésto cuando la lucidez en medio del caos de las ménades nos enseña nuestra cara reflejada en la cornucopia. Sabía que Dionisos, que se esconde entre la multitud, provocándoles con sus danzas, se estaba riendo de él, que se esforzaba inútilmente por participar de los ritos báquicos y que las manchas de la chaqueta podían ser los restos de otras bacanales... Eurídice, ¿dónde estás, discreta y sosegada? En el camino de vuelta, cegado por el sol, pensaba en los espejos. Las ménades que lo acompañaban, exhaustas y satisfechas, no comprendían la seriedad de su semblante. Lo decía: me da miedo mirarme en los espejos de las noches de las Cruces de Mayo de Lebrija. Orfeo murió despedazado por las ménades, y su piel transformada en pandero. Así es la mueca negra de Dionisos y así los espejos de la fiesta. En el espejo retrovisor del coche vio una sonrisa entreabierta que le miraba, y se dijo que no le quedaba más remedio que mirar atrás, para no tener un accidente, y hacia adelante si quería llegar sano a la cama.

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