Crepitan los troncos bien cortados, secos y estratégicamente colocados para que las llamas alcancen la altura que se merecen los condenados, y mantengan los calderos debidamente calientes el tiempo necesario. Hay muchos, muchas gentes... Los gritos son más intensos, y apasionados, cuanto más cerca de la boca que forma el umbral del más allá del acá. Numerosos diablillos, de fieras y babosas fauces, van concentrando al personal que, hacinados como ratas, se agolpan tras la cuerda que marca los que están a un lado y los que se quedan en el otro, los que se escapan de la criba, la leva, y los que pagarán todos los pecados del mundo. Es una cuerda gruesa, como de barco y ata a las almas como los hatillos de trigo en los cuadros de Gonzalo Bilbao... Por encima de la boca del Averno que, sumándole los ojos, parece la de un rape, caminan siluetas danzantes que arrastran con siluetas de condenados... Son tan pequeños en el festín general que si uno no está atento puede perder el detalle, a la derecha, de la noria y la horca, que se antojan un recreo comparado al catálogo de infamias que les quedan por sufrir a los pobres sin dicha. Cuerpos y más cuerpos, despojados, que no desnudos, tratan de escurrirse de las garras de los mozos de espadas del Maligno... Hay ángeles que ayudan en lo que pueden en el sentir caótico general. Uno, asiste a una bella mujer que sale de su tumba entreabierta, como con prisas, antes de que los descubran en la huida. A la derecha, el Infierno, a la izquierda, el palco de los que alcanzaron la gloria, que miran horrorizados, y expectantes, diría yo -cabrones-, cómo se queman, se mueren y se quejan sus congéneres. En el centro, en medio de las llamas, entre las nubes del cielo y las nubes del azufre del infierno, se encuentra la Puerta del Cielo, donde las desnudas almas se arremolinan en torno a una cruz, católica. Cuatro ángeles rechonchos añaden sornas al espectáculo, quiero decir, suenan clarines celestiales, que es la hora, santa. De Jesús, con el pie izquierdo sobre un globo terráqueo, mana la luz, ¿o será que está tapando el sol? María, a su derecha, es de las pocas que de verdad está rezando, será porque es madre y comprende los fallos de los hijos. El primo, el Bautista, rodilla en tierra, mira la pose, quieta y amanerada, de su primo Jesús. Alrededor, al frescor de la bóveda celeste, se sitúa el Congreso de los Santos, la Federación de Mártires y la Congregación de Testigos de la Gran Fiesta. Casi todos hablan, unos con otros. Vaya tela. De la que nos hemos librao, primo. Vaya peste, cómo huele a condenado. ¿Y en la Gloria qué se hace, tío? A mi, después de ver lo visto, se me ha quitao hasta la hambre. Calla, desagradecido. Díos no está, ni su chivata la paloma mensajera del Espíritu Santo. ¿Tanta fuerza tiene una cuerda para separar? El Juicio Final de Martin de Vas fue pintado en 1570, y pueden verlo, sin miedo, en el Bellas Artes de Sevilla, y preguntarse quiénes eran los que de verdad llevaban la cuerda. Al menos después podrán jugar a la comba, y comentarlo en el bar.
« Próxima Construcción | Inicio | La nación »
« Próxima Construcción | Inicio | La nación »

Escribe un comentario