“Arqueología de la contemporaneidad” era el título de un ambicioso seminario al que asistí en 2004 en la Cartuja de Sevilla, donde intelectuales franceses y españoles analizaban las relaciones de las religiones católica y musulmana con la imagen. Justo una semana después, cuando iba de camino a Durango a una actuación, nos comunicaron que se suspendía por duelo nacional por los atentados de Madrid. Me estremece pensar en que era la única vez en mi vida democrática en que no iba a votar, básicamente, por pereza y hastío. En aquel seminario, en tres días, se trató de mostrar en qué momento el Cristianismo renacentista había decidido que Jesús fuera un niño rubio, y que el Imperio Romano, fuera una época dorada que conectaba directamente con su presente, saltándose a piola, y a mosca, a trompazos y zarpazos, cualquier atisbo de tufillo moruno. Los humanistas del Renacimiento, interesadamente, promovieron una imagen miope del pasado, que a la vez ha ido influyendo en otras generaciones culturales, y hasta en otros disparatados proyectos políticos. En pleno fervor cofradiero y electoral, en pleno éxtasis de retórica poesía aguzados por el intenso olor del azahar y el pronto despertar de la belleza femenina, me gustaría dedicar una líneas a las relaciones con la extranjería que vive entre nosotros, y con esto no me refiero a las avalanchas de morenos con bigotillos, rumanas de largas faldas y rubias de eslavas sonrisas. Desde siempre me pareció curioso lo ambivalente del término “moreno” o “morena” y cómo su uso puede elogiar el color de la arena del camino rociero, el azúcar más caribeña y el tono de piel deseado como sinónimo de buena vida. Decimos ¡morena! y pensamos en una mujer a una caderas pegada. Pero cuando las cosas se tornan feas, lo moreno toma la calidad cromática del peligro, y su uso puede acompañar una manía persecutoria: me imagino a los morenos de bigotillo afeitándose con la cucharilla del café antes de embarcar en el avión horas después de una cosa tan gorda como el 11S... Moreno para lo bueno y para lo malo. Visto así, pienso en que cuando se desata un estúpido debate sobre la inmigración como el que vemos últimamente, de forma automática saltan los resortes que equilibran el buen sentir de lo moreno, y entonces se vuelven a poner de moda las mechas rubias, que es una forma muy española de acercarse a Suecia y aledaños... Aunque ya le han dao varios varapalos a los del contrato con la idiosincracia de España, y no es bueno repetirse como ardentía, resulta cuanto menos intrigante, cómo sigue funcionando en el subconsciente de las gentes españolas, el miedo al moro, al negro, al gitano, al sudaca... Pero más intrigante aún es la miopía con que no vemos lo que nos acompaña frecuentemente: dentro de poco veremos una Semana Santa de la que gran parte de los que montan los palcos y ponen las tapas serán de color moreno; al poco, nuestras niñas se vestirán de gitanas, y de Ecuador será el acento de la chica que empuja el carrito de la abuela por la feria... Entenderé como un signo de progresía el que haya gente para los que esto represente una normalidad y una riqueza, sin que tengamos que llegar al punto europeo de los cupos étnicos