Bares de copas
Hay mesoneros que bien merecerían el título de licenciado en gestión cultural y psicología social. La barra del bar funciona como una barrera desde las que podemos ver cómo los toros y las vacas abrevamos los líquidos con los que aplacamos nuestra sed y calmamos nuestras ansias. Aquél rumia su pena de amor, éste celebra su plaza de bombero municipal y aquellos que berrean y derraman sus cubatas están de cena de empresa. Nos gustan los bares porque no se parecen al salón de casa, aunque si llegáramos al escalafón de parroquiano del lugar podemos llegar a sentirnos mejor que según qué casas. Los hay de todos los colores, para todos los gustos y necesidades, para el bolsillo reventón de billetes de los ladrilleros, constructores de VPO’s (viviendas para osos) que pueda invitar a una ronda al personal y para el bolsillo roto de los picapiedras del pladur que saborearán, solos mejor que pesadamente acompañados, la primera cervecita de la noche, o la segunda, también. Bares de copas: colores chillones matizados con la escasa luz que tapa las arrugas de la morena, el grano en la frente del chaval y las entradas espaciosas como plazoletas del progre repeinado. Tu psicólogo-mesonero atenderá tus cuitas, servirá tus deseos y si es profesional y tiene tiempo te facilitará el remedio de tus males, con diligencia y sabiduría, como un curandero. Comisarios de galerías privadísimas y ruinosas de arte de amigos. Diplomáticos de las fuerzas, de las de los borrachos y de las del orden policial con las que negociar las condiciones del pacto de no agresión. Los bares, como los coches y el diseño de las nuevas chucherías, se mueven con las modas y los caprichos sociales. Hay bares que encuentra su acomodo en la permanencia, en el ser viejo más que en parecerlo -con todas sus consecuencias: telarañas, escochones, pringues. Y hay mesoneros que, por circunstancias, azares y necesidades de cambios, mudan su cátedra de enseñanza a nuevos emplazamientos, y su clientela, si es fiel, los sigue. Muchos políticos deberían aprender a gestionar un bar antes que un puesto público: pelearse con los proveedores, pintar paredes, limpiar las cámaras, buscar buena música, en discos y en directo, sortean todos los resortes legales para obtener las licencias oportunas, pagar los impuestos y además ser amables, sonreír si procede y saber poner una cerveza, un café o un gin tónico. Esa mudanza y fragilidad es lo que les hace devanarse los sesos para ofrecer lo mejor o ceder a las exigencias del mercado del momento. A veces ganan y a veces, las más, pierden, más de lo que pueden permitirse. Las instituciones culturales (y las sanitarias y económicas) deberían funcionar como los buenos bares, en plan “qué desea el señor”, y en menos de un minuto la encomienda servida y cobrada. Cada uno tiene su itinerario de los bares que le gustan y necesita; asociamos bares a ciudades, a amores y desamores, a fiestas y a épocas. En el bar más raro puedes encontrar, a veces, la respuesta a eso que te corroe. el alma. Taberneros del mundo, que vuestros vinos nunca se acaben, ni vuestra sabiduría tan llena de secretos e historias.
