Esos tiempos que se fueron de los campos de Sevilla. Y se fueron. El filete que entonces era estandarte del poderío adorna hoy día los estantes de los supermercados de la clase obrera. ¿Obrera? Es verdad, la lucha de clases ya terminó. Los barrios de la gente de bien están llenos de establecimientos de mercadería extranjera barata para seguir predicando la estoica simpleza que caracterizaba al señorío. Constantemente, el poder de la calidad muda de piel, y los buenos señores, como los buenos gitanos, son invisibles ante la folclórica grey. Sería interesante hacer una antología de los mayetos españoles y de cómo las clases medias fueron siempre permeables a los influjos que venían desde arriba, y desde abajo, haciendo de la copia su santo y seña. Aunque también es cierto que todos fuimos permeables; hubo que hacer pequeños ajustes para poder seguir hablando de tradición, pueblo, sentimientos y seguir siendo lo que fuimos. Pero, ¿qué fuimos? La nostalgia es un regreso. Cuando volvemos al sitio del que venimos no somos ya lo que éramos cuando entonces salimos, y es por eso que las bilis negras de la melancolía nos entristecen, porque ya nos somos lo que éramos. Pero, insisto: ¿qué éramos? Éramos muchas gentes, básicamente, de muchas clases. Mayeto: viñador de escaso caudal. Viñador: guarda de una viña. El guarda del cortijo era la representación antipática del poder del señorito en la tierra. Cuando de pequeño nos gustaba saltar las vallas de las obras para cabrear al guarda veíamos cómo aquel emulaba sin saberlo al David de Miguel Ángel: sacaba una honda para amedrentar nuestras fechorías con más destreza que un actual segurata de discoteca o Feria de la Tapa. Los malos señores siempre fueron unos hijos de putas con la cara muy dura. Chocolate, el cantaor más serio, relataba cómo le mendigaba al gachó el duro que pagaba las interminables juergas de putas, gitanos y cantes negros. Y el gran gachó que no endiñaba. Sus muertos. Como el codo del mayeto del Cid, cuando en nombre de su señor, que no le quería bien, chorreaba sangre de tanto moro que mataba. Dinero llama a dinero, eso está claro pero tiene interés observar las costumbres de las clases dominantes, las culinarias, sexuales y religiosas. La jodienda nunca tuvo enmienda. Ayer la incontinencia fálica creaba retoños en las barrigas de las querías mientras fuera de la cortina, en el mundo exterior, las cosas eran como tenían que ser. Ese mundo casposo ya murió, por suerte. Hoy la caspa tiene otros colores. Ya no hoy señores como los de entonces, de los que fumaban tabaco negro y eran cabales, de los que se veía de lejos sus respetos y sus modales... Los que más añoran esos tiempos son los mayetos, los que hablan de aquella armonía paradisíaca entre vasallos y señores. El resto nos conformamos con que nos digan: El señor, ¿qué va a tomar? Una copita de oloroso, seco, por supuesto. El cante de cuartito en la Alameda, de Lola Pantoja. Desgarrador.