20 Octubre 2011
Dios no entiende de colores ni de formas, por eso la economía espiritual
de sus magos fue tan variada como inasible. Del manejo del sucio dinero
de sus feligreses los egregios padres de la Iglesia supieron construir
templos a la gloria del que todo lo ve. El camino del dinero, desde las
sucias manos del gañán y el pegujalero, consistía en un laberinto de
contratos de humo, donde el creyente se comprometía a pagar por la
purga y limpieza de su alma después de su muerte. ¿De quién son estas
iglesias, Miguel? Veamos. Cuando uno intenta reconstruir el sistema
económico que hizo posible tal derroche y demasía de arte y artistas,
pues pocos hacían sus imágenes, altares o templos por amor al Arte o
devoción a tal creencia, que lo hacían por sucio dinero, normalmente se
encontrará con la palabra “capellanía”, una suerte de inversión-hipoteca
con que las clases pudientes se aseguraban una parcela de tierra bien
comunicada con las autopistas del cielo y con una estupendas vistas al
barranco donde se chamuscan las almas lascivas. Como la gente por
entonces tenía la mala costumbre de morirse de repente y en masa, por un
resfriado mal curado, que es un poner, y como los curas de entonces,
sobre todo los más ignorantes, caraduras y corruptos, andaban a la gresca
con que había que acordarse a toítas horas que no éramos más que heces,
gusanos, polvo y huesos secos, en fin, como nos moríamos y además nos
lo recordaban, el miedo a que tu alma no fuera a sentarse a la derecha del
padre hacía que el personal soltara la guita y fundara una capellanía. Y
entonces un curita o dos, o los que fueran menester, en base al monto de
la capellanía, rezaban por tu alma, los días acordados, y se comprometía
a dar las misas a cómodos plazos 30, 60 y 90, y así, sucesivamente, hasta
el final de los días. Y como las capellanías eran un dinerito que dabas sus
intereses hubo algunas que duraron más que un martillo enterrao en
manteca. Y es más, hubo curitas listos como linces que supieron hacerse
con varías capellanías, y vivían mejor que un cura, que aquellos que no
tenían los beneficios de las capellanías. Todo este sistema se parece que
apesta a esos negocios actuales de los paquetes de hipotecas basura con
que algunos se aseguran el paraíso en el cielo y en la tierra. Normalmente
las capellanías estaban suscritas a una tierra o a la producción de una
tierra, y es aquí donde voy con toda esta alambicada explicación que ya
me cuesta. Imaginen. Capellanía de José Jarana de Vargas Bellido y del
Ojo, que es otro poner: él puso tanto, para fundarla, con tal cura, y tales
patronos cuando faltara, y además le añadimos el tanto por ciento de la
producción de esta tierra mía. Y de ahí resultará que el pobre que trabaja
en esa tierra, que no tiene Capellanía, está pagando a una caterva de
sátrapas y él sin enterarse. Y que además, y esto es lo que interesa, de
aquí se pagarán las obras de los altares, cuadros, relicarios, trajes,
cortinajes, frescos, bóvedas... ¿Quiénes pagaron tus barrocas Iglesias,
Señor? A mi compare Rouco Valera.
Lebrija, 2008.
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20 Octubre 2011
Negro. La historia del barrio de San Luís en la Macarena es la de
una parte de la ciudad que se mueve entre “la construcción de un
sueño” y la de una pesadilla que desangra los restos de su memoria.
He estudiado, vivido y trabajado en sus calles. He visto destruir
manzanas enteras de edificios, he visto cómo millones de euros se
gastaban para tratar de dar una imagen acorde con la “ciudad de las
personas”. En esa foto no entraban determinada calaña de gentes.
La gente sólo se desgarra con la historia del fajín de Queipo de
Llano. En este barrio de artesanos cofrades con goteras en sus
carpinterías centenarias el polvo lo inunda todo. Es un polvo que no
se quita fácilmente, por más que lo limpies: es el polvo de los
entresijos del progreso: obras, derribos, camiones... y muchos
viejos solos, mucho meado de gato macho, muchos esconchones en
las paredes de iglesias, conventos, viejas fábricas... De la historia
del desalojo del Centro Social de Casas Viejas, y saltándome a
piola los tufillos retóricos setentones, me quedo con dos buenos
amigos, Curro y Santi, dos valencianos a los que ha cambiado,
irremediablemente, el flamenco, que nos han enseñado cómo las
ingentes cantidades de pasta pública que se manejan para la
promoción de la participación social es inversamente proporcional
a la cantidad de “usuarios” de los numerosos centros públicos de...
de lo que sea. Ellos, a los que no les gustaría saber que los destaco,
y mucha gente más, de muchos colores, de muchos países, de muy
diferentes niveles sociales han triunfado, aunque sea por poco
tiempo, en su batalla por hacerse un hueco en la opinión pública, al
menos lo suficientemente grande para que quepan, no los
todoterrenos en los garajes de los progres, sino la vergüenza del
abandono. Ellos, que vienen de fuera, nos cuentan nuestra Historia.
No me gustan las casas okupas, ni entiendo por qué la lucha por lo
razonable tiene que vestirse, a veces, de una estridencia musical
distorsionante y una estética tan previsible. Será porque soy un
anarquista tranquilo maniático de la limpieza. Ellos, por unos días,
como dirían las prensas conservadoras, han orquestado una
estrategia de acción que ha mantenido en vilo la vida de dos
personas que se la han, momentáneamente, jugado, hasta que la
victoria de su hazaña ha dejado de brillar cuando las primeras
páginas las han ocupado la estulticia infame de la sin razón de unos
desalmados que no tienen cojones para jugarse la vida por los
demás, ricos desagradecidos y egoístas ávidos de ajena sangre.
Roja.
Lebrija, 2008.
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20 Octubre 2011
En un futuro deberíamos poder ir de Lebrija a Sevilla en cómodísimos
cercanías, que salieran cada media hora: imaginen poder ir al cine, cenar,
montarse en el tranvía o en bicicleta y arrasar en el Zara Tara, sin tener que
coger el maldito coche. En un futuro, lejano, según se ve, podremos tener
una autopista liberada que nos alcanzará Serva la Barí en media hora sin
tener que sangrarnos cinco euros y pico. Tenemos condición de frontera,
entre Sevilla y Cádiz, a la mitad del camino de la vía del tren, entre la
campiña y la Marisma, y éso nos da a veces una perspectiva sesgada de
nuestra convivencia, como si fuéramos privilegiados contra los otros,
quienes quieran que sea los otros. Es difícil acertar en la vida diaria, sobre
todo si nuestras decisiones afectarán a otros o tendrán que tener en cuenta a
los otros, pero para mi que la riqueza de nuestro pueblo aumentará cuando
mejoren nuestra comunicación real con los pueblos de alrededor. Entender
que apenas conocemos Las Cabezas, que hay mucha gente que nunca ha
pisado Arcos, que no han visto el río por Trebujena ni saben que frente a la
parte lebrijana del río están Villafranco y la Puebla del Río, es tan triste
como saber que hay mucha gente que todavía no ha pisado el Teatro Juan
Bernabé para ver un espectáculo. Casi siempre, hacer patria es afirmarse
contra los otros, echar pestes, cargar la culpa a los otros. Pasa lo mismo con
la identidad, la de los partidos políticos, las hermandades, los equipos de
fútbol, las marcas de las ropas. Somos así no porque queramos
diferenciarnos de los otros sino porque consideramos que lo nuestro es lo
mejor, y lo de ellos no. Si no somos agresivos nos comen por sopa, si no
somos granujas nos tomarán por tontos y si no damos la primera hostia,
podremos perder la pelea. El hijo pródigo que va y viene, el que vive
eventualmente fuera, sabe que lo bueno es tener lo mejor de los dos lados, o
de más lados, según sea donde tenga colocadas las perchas de sus conejos.
Lo mejor de los pueblos: la confianza de la gente, los precios y la calidad de
los productos básicos, el silencio de las noches, las distancias. Lo mejor de
las urbes: la variedad y la sorpresa de las ofertas. ¿Lo peor? Cada uno según
su experiencia. Normalmente me da un poco de risa floja lo mal que se lleva
el personal cuando de entre las casas de uno y otro no media un tiro de
piedra e, indudablemente, me la trae al pairo que mi vecino sea todo lo
opuesto a mi, siempre que ayudemos a mantener limpio el trozo de acera
que compartimos. Al final, todo pasa por ahí: limar las asperezas de las
astillas, poner rampas para evitar los escalones, barrer juntos las aceras,
compartir la responsabilidad de los problemas, no esperar de los otros más
que lo que uno esté dispuesto a perder, cuidar las plantas y recoger la mierda
de los perros. Entiendo la biodiversidad lebrijana como la variedad de que
deberíamos ser conscientes albergamos en nuestras relaciones con nosotros
mismos y con nuestro entorno. Imagen: escucho los gemíos de Bastián
Bacán mientras a través de la ventana un armajo se mueve al son del viento
solano. En lontananza, un mercante arrecia hasta Sevilla entre los
eucaliptos. El tren por la Marisma, por la costa del Licustinus.
Lebrija, 2008.
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20 Octubre 2011
No tengo voluntad perpetua de polémica, porque también sé
callarme llegado el momento. Aunque, por otro lado, hay que
reconocer que nos interesa más lo que salta de las páginas y llega al
estatus de comentario público que el razonamiento coherente de un
asunto. En la vida hay cosas que merecen más de un comentario, y
el arte está en poner el ojo donde puede saltar la liebre, y entonces
ya puedes hacer algo de ruido: un hueco en la normalidad, entre el
café y la factura de la antena parabólica. ¿Para qué escribir si no?
¿Para hacer alabanzas? Para eso están los rapsodas, y yo puedo
hablar de pamplinas pero es difícil arrancarme un ole. En el otro
extremo están los que se pican con el ajo y entran al trapo, o será
que quizá yo no me explique bien y se sientan ofendidos con mis
torpezas. Hace unos días escribí contra la excesiva presencia del
mundo de las cofradías en la vida pública, y algunos leyeron que yo
entraba en las creencias de cada cual. En fin, cada perrito que se
lama su pijito que yo en esto sigo pensando lo mismo aunque para,
al menos, descargarme de malas conciencias diré que no son los
únicos que pienso intentan limitar la vida de las personas. Al menos
los católicos pueden pecar, y lo hacen, y eso les hace humanos.
Punto y aparte. Pollo con arroz: tecleo en Google: 2 millones y pico
de entradas. Recetas de toda Sudamérica, Cuba, África, alrededor
de la combinación de los mismos ingredientes: pollo, cebolla, ajo,
aceite y arroz. Mi alma de borrachín de bodega agrega un alto
porcentaje de fino de Lebrija para que la carne se impregne de las
esencias dionisíacas. Emborracho al pollo y el arroz, sazonado
previamente con otras especias que, creo, le van bien para la
unitaria enjundia necesaria: nuez moscada, pimienta, clavo,
cardamomo. Según el arroz, el pollo, el fino y el tiempo de
cocinado el resultado varía… Prefiero la cocina y la literatura a
muchas otras creencias. De hecho, uno de mis libros de cabecera y
viajes es una mezcla de conocimiento, libertad e imaginación, y su
protagonista supo torear sus muchos momentos de escaseo
pecuniario engañando el estómago del cateto de su amo con sus
creaciones. Somos lo que comemos. Soy un pollo con arroz regado
con vino de Lebrija. Recomendación encarecida: Notas de Cocina,
de Leonardo Da Vinci.
Lebrija, 2008.
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20 Octubre 2011
No se me espanten, paisanos, que todo tiene explicación, aunque sea
arbitraria. Desde pequeño no tenido “cojones” en mi carácter; debería
tratarlo con mi psicóloga (si el jandeque y el deseo de esclarecimiento
me lo permiten) No es normal, creo, que un hombre diga que no
tienes huevos. ¿Un cagao? ¿Un gililea? Mnn... Veamos. Me disculpan
la sarta de improperios pero el “no tener cojones” no implica aplicar el
noble y divertido arte del conocimiento y prédica del insulto.
Recuerdo numerosas pajarracas, zapatiestas, berrinches, cabreos y
chantajes de las gentes (familia, amigos y compañeros de los trabajos)
que forman parte de mi vida, mal que me pese, porque todos somos
parte de este cuento. También me altero, claro, me cabreo, me maldigo
cuando las cosas no salen, como todo hijo de contribuyente. Alguna
vez, quizá, puedo haber impuesto mis opiniones, y haber perdido la
compostura... aunque luego sea un lagrimita de pollo y achante el
mirlo ante el facto de la cagada. Habrá que echarle cojones a la cosa;
tú no tienes cojones; me lo paso por los cojones; me sale de los
cojones; mis santos cojones... ¿Tan grandes son los huevos de los
demás que tienen tanta capacidad de almacenamiento? Hace un par de
semana Puri me invitó a leer en la plaza la triste lista de mujeres
asesinadas por las cosas esas pegadas a los cojones que se hace llamar
hombres, en lo que va de año. Traté luego de darle vueltas a la
presencia de los cojones en nuestras vidas, en nuestras relaciones
personales, laborales y económicas... ¿Tendrán cojones los bancos?
Pensé también en cuántas veces me han querido cortar los cojones, a
mí, que no tengo huevos, imagínense. Los que tienen cojones se ceban
con los que no los tienen, eso se lo aseguro, tengo un Master en ello.
A veces, sus improperios de corazón lleno de odio e ignorancia, me
dejan hecho polvo, otras, indiferente. Y cuando mejor me defiendo es
cuando me vuelvo un cínico divertido y elocuente, cantarín bodeguero
y majareta sensato. El Cojón-Cerebro tiene sus tácticas de juego:
tuneado del volumen de su voz; automatismo de los movimientos
ligeros y secos y, finalmente, capacidad absoluta de convencimiento...
Algunos, de su petulancia arrogante, hacen un distintivo personal,
marca de la casa, y parece que eso les exime de las más elementales
normas del respeto al prójimo, las buenas maneras y el comedimiento.
En el mundo sobran cojones, y en Lebrija también, qué coño. En
reconocimiento a la labor del Foro Social de Lebrija, les aconsejo se
dejen los cojones en casa. Disfruten de la Feria... y amen, con amor.
Lebrija, 2007.
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20 Octubre 2011
Un pueblo. Más de dos las cosas por hacer. Tres voces se oyeron. A las
cuatro, nadie, nada, mejor a las cinco, con campanas de la torre. 6
cerrojos, 7 portazos y 8 aldabonazos. Nueve, la máquina del café.
Poco duran 10 euros. 11 bodoques, 12 gañanes, 13 pamplinosos y 14
junláis. La niña bonita, con tacones. 16 almas que llevan el demonio.
17 minutos andando, a la carpa, pensando –por qué no- en los
caballeros fundadores de Lebrija: las orejas les cortaba. Dieciocho
agujeros del campo de Golf del Piva, cuando los hagan. 19 grados,
fino. 20 taconazos de un siglo cambalache, 22 patos, 23 vueltas a la
plaza y 24 años, los del Torres en el sillón. 25, aniversario, verbena, de
lo que sea. 26 enchufaos, 27 miembros de la banda. 28 lavativas, 29,
mis años. ¡Treinta es el límite, treinta! Guapa estás con treinta y uno.
Tiene usted 32 mensajes en su buzón de voz. 33, Cristo. ¿34
acreedores ruidosos? Con treinta y cinco euros hago una compra en el
Erosky. 36, soltero, amistad, busca alma gemela. 37 sardinas, jureles y
pijotas. 38 vuelos a la Parra, pasando por encima de la Giraldilla sobre
39 cigüeñas, milanos y cernícalos. 40 sevillanas corraleras que bailé.
¿Cabrán cuarenta y una bolsas de plástico rellenas de plásticos en el
contenedor de los plásticos? XLII Caracolás… ahí es ná. Melocotón
en almíbar, kiwi, helado de vainilla, menta y rocía un poco de licor 43.
44, las sillas. ¿45 millones puede costar una casa en Lebrija? 46
bulerías te cantara, prima de alma. 47 minutos de silencio en la
parroquia, sin bodas, bautizos, comuniones ni funerales, nadie, solo.
49 vereas que se pateaba Federico de Vicente. ¡50, velocidad máxima
en ciudad! 51, la roncha que dejaste, y que, mu tarde, pagaste,
malandrín. 52 descargas de la mula del Emule: la pobre. 53 kilómetros
desde la Cruz del Barrio Nuevo hasta… Seis por nueve: cincuenta y
cuatro. En el 55 Paca la Culona vino a Lebrija, ¿y de regalo le dieron
una botija? 56 palmeras, 57 bancos de hormigón, 58 cipreses
escuálidos de la ladera del Castillo. 59’. El Tejero se prejubila con 60.
061. 62 letras del Megane y el equipo de sonido. 63 los Santos del
Cielo. 64, te dibujo tu retrato. 65 abriles tenía el Kili en la vendimia:
cantaba, fumaba, hablaba y cortaba uvas más rápido que yo. El TEL:
del 66. Y 67, por lo menos, las veces que me leyeron la cartilla. 68,
mayo. Y 69, el nivel del ruido, no de los suspiros por practicarlo, sino
de los vergonzosos decibelios que nos colocan en los primeros puestos
de la lista de los top escándalo manta de Andalucía. Escuchemos el
agua y aprendamos…
Lebrija, 2008.
servido por miguelangelvargas
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20 Octubre 2011
Un pueblo. Más de dos las cosas por hacer. Tres voces se oyeron. A las
cuatro, nadie, nada, mejor a las cinco, con campanas de la torre. 6
cerrojos, 7 portazos y 8 aldabonazos. Nueve, la máquina del café.
Poco duran 10 euros. 11 bodoques, 12 gañanes, 13 pamplinosos y 14
junláis. La niña bonita, con tacones. 16 almas que llevan el demonio.
17 minutos andando, a la carpa, pensando –por qué no- en los
caballeros fundadores de Lebrija: las orejas les cortaba. Dieciocho
agujeros del campo de Golf del Piva, cuando los hagan. 19 grados,
fino. 20 taconazos de un siglo cambalache, 22 patos, 23 vueltas a la
plaza y 24 años, los del Torres en el sillón. 25, aniversario, verbena, de
lo que sea. 26 enchufaos, 27 miembros de la banda. 28 lavativas, 29,
mis años. ¡Treinta es el límite, treinta! Guapa estás con treinta y uno.
Tiene usted 32 mensajes en su buzón de voz. 33, Cristo. ¿34
acreedores ruidosos? Con treinta y cinco euros hago una compra en el
Erosky. 36, soltero, amistad, busca alma gemela. 37 sardinas, jureles y
pijotas. 38 vuelos a la Parra, pasando por encima de la Giraldilla sobre
39 cigüeñas, milanos y cernícalos. 40 sevillanas corraleras que bailé.
¿Cabrán cuarenta y una bolsas de plástico rellenas de plásticos en el
contenedor de los plásticos? XLII Caracolás… ahí es ná. Melocotón
en almíbar, kiwi, helado de vainilla, menta y rocía un poco de licor 43.
44, las sillas. ¿45 millones puede costar una casa en Lebrija? 46
bulerías te cantara, prima de alma. 47 minutos de silencio en la
parroquia, sin bodas, bautizos, comuniones ni funerales, nadie, solo.
49 vereas que se pateaba Federico de Vicente. ¡50, velocidad máxima
en ciudad! 51, la roncha que dejaste, y que, mu tarde, pagaste,
malandrín. 52 descargas de la mula del Emule: la pobre. 53 kilómetros
desde la Cruz del Barrio Nuevo hasta… Seis por nueve: cincuenta y
cuatro. En el 55 Paca la Culona vino a Lebrija, ¿y de regalo le dieron
una botija? 56 palmeras, 57 bancos de hormigón, 58 cipreses
escuálidos de la ladera del Castillo. 59’. El Tejero se prejubila con 60.
061. 62 letras del Megane y el equipo de sonido. 63 los Santos del
Cielo. 64, te dibujo tu retrato. 65 abriles tenía el Kili en la vendimia:
cantaba, fumaba, hablaba y cortaba uvas más rápido que yo. El TEL:
del 66. Y 67, por lo menos, las veces que me leyeron la cartilla. 68,
mayo. Y 69, el nivel del ruido, no de los suspiros por practicarlo, sino
de los vergonzosos decibelios que nos colocan en los primeros puestos
de la lista de los top escándalo manta de Andalucía. Escuchemos el
agua y aprendamos…
Lebrija, 2008.
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20 Octubre 2011
Un pueblo. Más de dos las cosas por hacer. Tres voces se oyeron. A las
cuatro, nadie, nada, mejor a las cinco, con campanas de la torre. 6
cerrojos, 7 portazos y 8 aldabonazos. Nueve, la máquina del café.
Poco duran 10 euros. 11 bodoques, 12 gañanes, 13 pamplinosos y 14
junláis. La niña bonita, con tacones. 16 almas que llevan el demonio.
17 minutos andando, a la carpa, pensando –por qué no- en los
caballeros fundadores de Lebrija: las orejas les cortaba. Dieciocho
agujeros del campo de Golf del Piva, cuando los hagan. 19 grados,
fino. 20 taconazos de un siglo cambalache, 22 patos, 23 vueltas a la
plaza y 24 años, los del Torres en el sillón. 25, aniversario, verbena, de
lo que sea. 26 enchufaos, 27 miembros de la banda. 28 lavativas, 29,
mis años. ¡Treinta es el límite, treinta! Guapa estás con treinta y uno.
Tiene usted 32 mensajes en su buzón de voz. 33, Cristo. ¿34
acreedores ruidosos? Con treinta y cinco euros hago una compra en el
Erosky. 36, soltero, amistad, busca alma gemela. 37 sardinas, jureles y
pijotas. 38 vuelos a la Parra, pasando por encima de la Giraldilla sobre
39 cigüeñas, milanos y cernícalos. 40 sevillanas corraleras que bailé.
¿Cabrán cuarenta y una bolsas de plástico rellenas de plásticos en el
contenedor de los plásticos? XLII Caracolás… ahí es ná. Melocotón
en almíbar, kiwi, helado de vainilla, menta y rocía un poco de licor 43.
44, las sillas. ¿45 millones puede costar una casa en Lebrija? 46
bulerías te cantara, prima de alma. 47 minutos de silencio en la
parroquia, sin bodas, bautizos, comuniones ni funerales, nadie, solo.
49 vereas que se pateaba Federico de Vicente. ¡50, velocidad máxima
en ciudad! 51, la roncha que dejaste, y que, mu tarde, pagaste,
malandrín. 52 descargas de la mula del Emule: la pobre. 53 kilómetros
desde la Cruz del Barrio Nuevo hasta… Seis por nueve: cincuenta y
cuatro. En el 55 Paca la Culona vino a Lebrija, ¿y de regalo le dieron
una botija? 56 palmeras, 57 bancos de hormigón, 58 cipreses
escuálidos de la ladera del Castillo. 59’. El Tejero se prejubila con 60.
061. 62 letras del Megane y el equipo de sonido. 63 los Santos del
Cielo. 64, te dibujo tu retrato. 65 abriles tenía el Kili en la vendimia:
cantaba, fumaba, hablaba y cortaba uvas más rápido que yo. El TEL:
del 66. Y 67, por lo menos, las veces que me leyeron la cartilla. 68,
mayo. Y 69, el nivel del ruido, no de los suspiros por practicarlo, sino
de los vergonzosos decibelios que nos colocan en los primeros puestos
de la lista de los top escándalo manta de Andalucía. Escuchemos el
agua y aprendamos…
Lebrija, 2008.
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